Desvío mi mirada
de Bolita y la fijo en Plufah que ha empezado a escribir en la pizarra.
-¿Qué haces?– pregunto
yo.
- Escribir, te
tengo que explicar otro de los animales…- dice Plufah, siendo interrumpido por
mi.
-¡Ahora! Pero mira
si esta anocheciendo, mejor durmamos- digo yo mientras bostezo.
- Pero si el sol
aún no ha comenzado ni ha desaparecer- se queja Plufah.
- Ya, pero según
mi reloj que nunca se estropea son las nueve de la noche, al menos comamos
algo, que en todo el día solo he comido un cuarto de manzana- digo yo.
Al decir eso
recuerdo que el otro cuarto lo guardé en mi bolsillo, me levanto de la silla y
me siento en el suelo, cojo el cuarto de manzana y me lo como, o mejor dicho,
lo devoro. Cuando me lo acabo, como aún tengo hambre me acerco a Plufah, que se
había sentado observándome.
- Si que tenías
hambre- dice Plufah, divertido, con una sonrisa burlona.
- Si, mucha, puedo
pedirte un favor- digo yo y sin esperar respuesta digo- Perfecto, porfa haz
aparecer un plato de macarrones,¡tengo mucha hambre!- digo yo, hambrienta y con
voz suplicante.
- Vale…- se
resigna Plufah.
Chasquea los dedos
y delante de mí aparece un plato humeante de macarrones con tomate y queso,
junto con un mantel, una servilleta, y una botella llena de agua. Sin
pensármelo dos veces, acerco mis manos a la botella, la destapo, y empiezo a
beber sin importarme que más de la mitad del agua salga afuera en mi intento
desesperado de notar mis labios húmedos. Dejo la botella en el suelo, me limpio
el agua con la manga de la camiseta, cojo el tenedor que estaba dentro del plato y
empiezo a comer con una rapidez sobrehumana, tragándome sin masticar mas de uno
o dos macarrones de golpe. Al acabar, me bebo de un trago la poca agua que
queda y me limpio con la servilleta. Por primera vez en los diez minutos que
había estado comiendo miro a mí alrededor. Mientras mi feroz estomago se
saciaba Plufah había encendido una hoguera y me miraba con ojos de sorpresa.
Tiemblo un poco y un bostezo se escapa entre mis labios, me acerco al fuego para
calentarme y me empiezo a dormir. Lo único que llegan a captar mis oídos antes
de sucumbir ante el sueño y que mis parpados se cierren, es un leve chasquido y
algo se posa encima de mí con delicadeza dándome calor para que deje de
tiritar.
Me despierto al
alba del día siguiente, me siento en el suelo y observo con fascinación el
amanecer, viendo el sol rojizo salir tan puntual como siempre. Parpadeo cegada
por la luz que desprende y desvío la mirada. Cuando mis ojos se han
acostumbrado a la luz, escudriño a mí alrededor esperando encontrar a un Plufah
dormido o despertando, pero no lo veo por ningún lado. Me empiezo a asustar.
-“Plufah, no te
abra pasado nada, ¿no?”- Pienso yo, cada vez mas asustada.
Me levanto de
golpe, pero vuelvo a caer al suelo de culo, pues tengo algo entrelazado en las
piernas.
-“Con que eso es
lo que me dio ese calorcillo por la noche”- Pienso yo.
Una sonrisa se
forma en mi rostro, pues es inconfundible quien me puso esa manta.
-“A veces puede
ser hasta tierno el borde de Plufah, las apariencias engañan”- Pienso yo.
Entonces me
acuerdo de que no esta.
-“Y si un monstruo
lo ha secuestrado, o quizás se lo ha comido… ¡No pienses eso!”- Pienso yo.
-¡Plufah, Plufah!-
Grito yo, con lagrimas de tristeza y rabia en los ojos.
De repente, noto
un dolor atroz en la barriga, como si se me fuera a desprender. De mi barriga
sale un bulto de color piel que se va volviendo rosa, me parece notar algunas
extremidades, pero no me preocupo por eso ya que el dolor no me deja pensar, y
finalmente, el dolor cesa de golpe, y después el bulto cae al suelo. Le salen
pies, manos, dedos, orejas y ojos. Se pone de pie y se gira, me mira de arriba
a abajo con cara de preocupación y miedo. No lo aguanto más, en mi cabeza hay
tantas preguntas y al observar a Plufah en perfecto estado y a mi barriga al
aire sin ninguna herida, se me nublan los sentidos y todo se vuelve oscuridad.
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