sábado, 17 de marzo de 2012

Capitulo 2: Cavilaciones


Camino y camino durante horas, hasta que cansada, me siento en una piedra gris. Me quito las hojas y la tierra enganchadas en mi pelo castaño, siempre me había sentido orgullosa de mi larga melena ondulada pero ahora me parecía un estorbo, ya se me había enganchado tres veces en algunas ramas bajas traicioneras. Las raíces me hacían tropezar, y ya me dolían  las rodillas de tantos rasguños. Me parece que en vez de salir del bosque, cada vez me voy adentrando más en el, pues, al principio aún veía algún animal pero ahora no veo nada más que árboles más altos y frondosos, este es el primer  claro que encuentro.
 Empiezo a pensar, desde la primera vez que he llegado, porque estoy aquí , no le encuentro sentido, un día me duermo en mi cama y al siguiente me despierto perdida en un bosque con un gato a mis pies. Desvío mi mirada perdida hacia el gato, llevaba siguiéndome desde el principio, sin quejarse ni una vez de la marcha forzada que llevábamos ni de estar ya medio día sin probar bocado. Llevaba mirándome desde que me había sentado, mis ojos verdes se ven reflejados en los suyos de color miel. Instintivamente acerco mi mano para acariciarle la cabeza.
-¡Miau!- Maúlla y se va corriendo hasta pararse en el borde del claro, mirándome.
Su reacción me despierta de mis cavilaciones y me doy cuenta de que empieza a anochecer. Imitando lo que aprendí cuando era chica scout, empiezo a recoger  leña y hojas del suelo, montón a montón, depositándolas en el centro del claro. Cuándo ya tengo la leña y las hojas suficientes, arranco una pequeña rama baja del árbol más cercano y la afilo con la piedra en la que me había sentado hasta conseguir una punta puntiaguda la cuál uso para fregar la leña de arriba del montón y encender un fuego.
No sé cuanto tiempo llevo fregando, un minuto, quizás dos, sólo se que al cabo de lo que a mi me ha parecido una hora, una chispa  brota y enciende todas las ramas y hojas secas creando un fuego que oscila con el viento. Yo me quedo delante del fuego, con las manos lo suficientemente lejos para no quemarme, disfrutando del calorcillo que emana. Y así me duermo, calentita, con un hambre voraz y muchas ganas de volver a casa.