Camino y camino
durante horas, hasta que cansada, me siento en una piedra gris. Me quito las
hojas y la tierra enganchadas en mi pelo castaño, siempre me había sentido
orgullosa de mi larga melena ondulada pero ahora me parecía un estorbo, ya se
me había enganchado tres veces en algunas ramas bajas traicioneras. Las raíces
me hacían tropezar, y ya me dolían las
rodillas de tantos rasguños. Me parece que en vez de salir del bosque, cada
vez me voy adentrando más en el, pues, al principio aún veía algún animal pero
ahora no veo nada más que árboles más altos y frondosos, este es el primer claro que encuentro.
Empiezo a pensar, desde la primera vez que he
llegado, porque estoy aquí , no le encuentro sentido, un día me duermo en mi
cama y al siguiente me despierto perdida en un bosque con un gato a mis pies. Desvío
mi mirada perdida hacia el gato, llevaba siguiéndome desde el principio, sin
quejarse ni una vez de la marcha forzada que llevábamos ni de estar ya medio
día sin probar bocado. Llevaba mirándome desde que me había sentado, mis ojos
verdes se ven reflejados en los suyos de color miel. Instintivamente acerco mi
mano para acariciarle la cabeza.
-¡Miau!- Maúlla y
se va corriendo hasta pararse en el borde del claro, mirándome.
Su reacción me
despierta de mis cavilaciones y me doy cuenta de que empieza a anochecer.
Imitando lo que aprendí cuando era chica scout, empiezo a recoger leña y hojas del suelo, montón a montón,
depositándolas en el centro del claro. Cuándo ya tengo la leña y las hojas
suficientes, arranco una pequeña rama baja del árbol más cercano y la afilo con
la piedra en la que me había sentado hasta conseguir una punta puntiaguda la
cuál uso para fregar la leña de arriba del montón y encender un fuego.
No sé cuanto
tiempo llevo fregando, un minuto, quizás dos, sólo se que al cabo de lo que a
mi me ha parecido una hora, una chispa
brota y enciende todas las ramas y hojas secas creando un fuego que
oscila con el viento. Yo me quedo delante del fuego, con las manos lo
suficientemente lejos para no quemarme, disfrutando del calorcillo que emana. Y
así me duermo, calentita, con un hambre voraz y muchas ganas de volver a casa.