sábado, 31 de marzo de 2012

Capitulo 4: La bola de luz


Algo me sujeta fuertemente por la cintura, siento que en cualquier momento se me puede partir. Me mantiene en el aire, y, cuanta mas fuerza hago por escapar de esa fría mano azul más fuertemente me aprieta. Esa cosa, pues no se como denominarla, es azul, tiene los ojos negros y vacíos, inexpresivos, y una mirada feroz que inspira temor. Pelo blanco le recorre como una línea de la cabeza a la espalda, y también de los brazos cae una cascada de pelo blanco putrefacto. Sus uñas, tanto de manos como de pies, son largas y negras de la suciedad, y, su boca, enseña múltiples hileras de dientes afiladas como cuchillas, las cuales mueve con ferocidad. Camina a dos patas, un poco doblado, y su aliento huele a moho.
De repente, se me acerca hacia su boca y la abre, esperando, ansioso. Yo, que he vuelto a gritar y a patalear, lucho por deshacerme de esa trampa mortal. Empiezo a mover los brazos de lado a lado, bruscamente, como espantando a una mosca no existente. No estoy a más de dos centímetros de su boca, desde donde puedo verle hasta la campanilla. Muevo y muevo los brazos sin parar, hasta que cansada me empiezo a rendir. Es mi final, me ha llegado el momento de morir, pero… ¡ y todos mis sueños, mis esperanzas, esto no puede acabar así!
-¡No!- Grito con decisión.
De repente, de mi mano, la cual había abierto a un milímetro de su boca para apartarlo, surge una bola blanca, que desprende luz y calor, aunque solo la puedo mirar unas décimas de segundo porque después choca contra la cabeza del feo animal provocando una gran explosión de sonido y luz.
Caigo al suelo, aturdida y lo único que escucho antes de desmayarme es el ruido del cuerpo inerte del monstruo desplomarse en el suelo.

domingo, 25 de marzo de 2012

Capitulo 3: La manzana y la falsa roca


Esta aclarando, el sol enrojecido ya asoma entre las copas de los árboles, entreviendo rayos de luz entre sus ramas y hojas, grandes como nenúfares.
Los pájaros cantan al son de esta mañana, como un despertador dulce y sinfónico, nunca había visto tal equilibrio entre dos especies diferentes. Los pájaros saltan de rama en rama quitando frutos podridos inservibles de los árboles y los árboles parecen acariciar con sus ramas a esos pájaros coloridos, se ayudan los unos a los otros, pues los árboles dejan que los pájaros creen sus nidos y críen sus crías en sus ramas aún sabiendo que si hay mucho peso se pueden romper, se complementan.
-¡Ay!- Grito.
Algo me ha golpeado fuertemente en la cabeza, me siento en el suelo y me friego en el sitio en el que me ha dado. A mi derecha hay una manzana roja, grande y seguramente apetitosa.
-¡Grrr!- Ruge mi estomago.
Cojo la manzana y cuando estoy a punto de darle un bocado, veo por el rabillo del ojo al gato, que me mira con tristeza. Me aparto la manzana de la boca, la pongo en el suelo y, con una piedra afilada, la corto por la mitad. Una mitad la acerco al gato y la otra me la como. De mi trozo de manzana solo me como la mitad, hay que racionarla, no todas las frutas de por aquí son comestibles y la mayoría no las conozco. El gato no es tan astuto y se la come entera en dos segundos.
El gato se relame los bigotes y aún con hambre, me lame las manos, donde aún hay el jugo de la manzana. Aprovechando esa oportunidad acerco lentamente mi mano a su cabeza, el gato me mira y con ojos tiernos se acerca. Mi mano entra en contacto con su cabeza y lo acaricio lentamente. Su pelaje es suave, como tocar una nube. Me levanto y me dispongo a sentarme en la misma piedra de la noche anterior pero veo que ya esta ocupada por mi pequeño acompañante así que ocupo la otra piedra de al lado, un poco más pequeña que la anterior.
De repente, estoy en el suelo, cubierta de tierra, con el gato asustado al lado, y, la piedra en la que estaba sentada antes, unos quantos metros más adelante. Le han salido dos patitas grises y unos ojos casi a la misma altura del color de la tierra.
No era una piedra, era un animal. Eso era solo un caparazón que utilizaba para camuflarse. La cosa me mira, asustada, y se va lo más rápido que sus pequeñas patitas le permiten.
-¡Espera!- Le llamo.
Pero la cosa sigue corriendo. Salgo rápido detrás suyo, con mi fiel gato detrás. Muchas veces la pierdo cuando gira en algún árbol, pero la vuelvo a ver al cabo de unos segundos entre la espesura.
Gira a la izquierda y yo la sigo. De repente, de dios sabe donde, sale una mano azul, gigante, que me atrapa con sus fríos dedos.
-¡Que es esto!- Grito.