domingo, 13 de mayo de 2012

Capitulo 8: Un amanecer lleno de sustos y sorpresas


Desvío mi mirada de Bolita y la fijo en Plufah que ha empezado a escribir en la pizarra.
-¿Qué haces?– pregunto yo.
- Escribir, te tengo que explicar otro de los animales…- dice Plufah, siendo interrumpido por mi.
-¡Ahora! Pero mira si esta anocheciendo, mejor durmamos- digo yo mientras bostezo.
- Pero si el sol aún no ha comenzado ni ha desaparecer- se queja Plufah.
- Ya, pero según mi reloj que nunca se estropea son las nueve de la noche, al menos comamos algo, que en todo el día solo he comido un cuarto de manzana- digo yo.
Al decir eso recuerdo que el otro cuarto lo guardé en mi bolsillo, me levanto de la silla y me siento en el suelo, cojo el cuarto de manzana y me lo como, o mejor dicho, lo devoro. Cuando me lo acabo, como aún tengo hambre me acerco a Plufah, que se había sentado observándome.
- Si que tenías hambre- dice Plufah, divertido, con una sonrisa burlona.
- Si, mucha, puedo pedirte un favor- digo yo y sin esperar respuesta digo- Perfecto, porfa haz aparecer un plato de macarrones,¡tengo mucha hambre!- digo yo, hambrienta y con voz suplicante.
- Vale…- se resigna Plufah.
Chasquea los dedos y delante de mí aparece un plato humeante de macarrones con tomate y queso, junto con un mantel, una servilleta, y una botella llena de agua. Sin pensármelo dos veces, acerco mis manos a la botella, la destapo, y empiezo a beber sin importarme que más de la mitad del agua salga afuera en mi intento desesperado de notar mis labios húmedos. Dejo la botella en el suelo, me limpio el agua con la manga de la camiseta,  cojo el tenedor que estaba dentro del plato y empiezo a comer con una rapidez sobrehumana, tragándome sin masticar mas de uno o dos macarrones de golpe. Al acabar, me bebo de un trago la poca agua que queda y me limpio con la servilleta. Por primera vez en los diez minutos que había estado comiendo miro a mí alrededor. Mientras mi feroz estomago se saciaba Plufah había encendido una hoguera y me miraba con ojos de sorpresa. Tiemblo un poco y un bostezo se escapa entre mis labios, me acerco al fuego para calentarme y me empiezo a dormir. Lo único que llegan a captar mis oídos antes de sucumbir ante el sueño y que mis parpados se cierren, es un leve chasquido y algo se posa encima de mí con delicadeza dándome calor para que deje de tiritar.
Me despierto al alba del día siguiente, me siento en el suelo y observo con fascinación el amanecer, viendo el sol rojizo salir tan puntual como siempre. Parpadeo cegada por la luz que desprende y desvío la mirada. Cuando mis ojos se han acostumbrado a la luz, escudriño a mí alrededor esperando encontrar a un Plufah dormido o despertando, pero no lo veo por ningún lado. Me empiezo a asustar.
-“Plufah, no te abra pasado nada, ¿no?”- Pienso yo, cada vez mas asustada.
Me levanto de golpe, pero vuelvo a caer al suelo de culo, pues tengo algo entrelazado en las piernas.
-“Con que eso es lo que me dio ese calorcillo por la noche”- Pienso yo.
Una sonrisa se forma en mi rostro, pues es inconfundible quien me puso esa manta.
-“A veces puede ser hasta tierno el borde de Plufah, las apariencias engañan”- Pienso yo.
Entonces me acuerdo de que no esta.
-“Y si un monstruo lo ha secuestrado, o quizás se lo ha comido… ¡No pienses eso!”- Pienso yo.
-¡Plufah, Plufah!- Grito yo, con lagrimas de tristeza y rabia en los ojos.
De repente, noto un dolor atroz en la barriga, como si se me fuera a desprender. De mi barriga sale un bulto de color piel que se va volviendo rosa, me parece notar algunas extremidades, pero no me preocupo por eso ya que el dolor no me deja pensar, y finalmente, el dolor cesa de golpe, y después el bulto cae al suelo. Le salen pies, manos, dedos, orejas y ojos. Se pone de pie y se gira, me mira de arriba a abajo con cara de preocupación y miedo. No lo aguanto más, en mi cabeza hay tantas preguntas y al observar a Plufah en perfecto estado y a mi barriga al aire sin ninguna herida, se me nublan los sentidos y todo se vuelve oscuridad.